El sacerdote José Manuel Bascuñana, vicario de la parroquia del Corazón de Jesús de Elche, nos ofrece una magnífica reflexión sobre la identidad del joven cristiano. Además esta basado en el Evangelio de este Domingo…
Una de las cosas que uno se plantea mientras va creciendo es quién soy yo. La juventud es una etapa que se caracteriza por los cambios constantes. Es una época en la que uno tiene que tomar decisiones muy importantes que marcarán el rumbo de tu vida.
La parábola del hijo pródigo nos puede ayudar a reflexionar sobre nuestra identidad. Ambos hijos viven en paz, son agricultores muy ricos; por tanto, tienen con qué vivir, venden bien sus productos, su vida parece buena.
Y, sin embargo, el hijo más joven siente poco a poco que esta vida es aburrida, que no le satisface. Piensa que no puede vivir así toda la vida: levantarse cada día, acudir al trabajo, así, día tras día.
El hijo joven piensa: No, la vida es algo más, debo encontrar otra vida, en la que sea realmente libre, en la que pueda hacer todo lo que le gusta. En cambio, ahora es solamente trabajo y someterse a las normas de los padres.
Así el hijo joven decide tomar todo su patrimonio y marcharse y se va a un país muy lejano. Ahora su idea es: libertad, las normas son las que yo me impongo, nada de horarios ni de permisos. Hacer lo que me guste, vivir la vida con toda su belleza y su plenitud. Una vida donde yo soy dios.
Y en un primer momento todo va bien: cree que es libre, que ha alcanzado la felicidad plena, muchas fiestas, salir todas las noches, sin embargo poco a poco, siente también aquí el aburrimiento, también aquí es siempre lo mismo. Y al final queda un vacío cada vez más inquietante. Todo resulta vacío.
En este camino interior el hijo más joven se dispone a volver para recomenzar su vida, porque ya ha comprendido que había emprendido el camino equivocado. Se dice a sí mismo: debo volver a empezar con otro concepto, debo recomenzar.
Y llega a la casa del padre. El padre, con todo su amor, lo abraza, le ofrece una fiesta, y la vida puede comenzar de nuevo partiendo de esta fiesta. El hijo comprende que precisamente el trabajo, la familia, los amigos, el día a día crea la verdadera fiesta y la verdadera libertad. Así, vuelve a casa interiormente madurado.
Ciertamente, en el futuro su vida tampoco será fácil, las tentaciones volverán, pero él ya es plenamente consciente de que una vida sin familia, sin amigos, sin Dios no funciona. Ha comprendido lo que significa vivir. Ahora es feliz.
















